9/21/2017

Según lo que vengo leyendo recién, corrían rumores de que el fin del mundo sería el 23 de Septiembre. Dicen algunos contactos, y parece que en los programas de nuestra querida televisión, que sería la predicción de una monja del año del cuete. Y por si fuera poco, asocian este hecho a una serie de síntomas mundiales, como la reciente y polémica declaración de Trump de acabar con Norcorea y de Kim Jong Un de estar dispuesto a lanzarse de cabeza (misil de por medio) contra Gringolandia. Noto que ya no es tanto el hipotético final en si mismo lo que marca tendencia, sino que cómo será lo que provoca una ola desatada de teorías y de ficciones dignas de anime futurista. Lo único cierto, después de todo, es que la empresa del entretenimiento tendrá material para rato. El fin del mundo siempre fue una historia rentable. Ahora, más que nunca, hay que sacarle el jugo. En una de esas hasta ya hemos cambiado de temporada, sin siquiera notarlo.

My generation

"Es una wea generacional. Lo que pasa es que estos cabros son milénicos" repetía el colega de inglés en la mañana en la sala de profes, a propósito de la conducta de los cabros en clase. Su aseveración me hizo ruido de inmediato. "¿Pero los millenials no éramos nosotros? ¿Entonces qué pito tocamos ahí?". El colega confesaba, luego de desmentirse, que había una confusión conceptual entre generaciones, ya que algunos sostenían que la millenial comprendía a los nacidos entre los ochenta y los noventa, y otros que solo a los nacidos en los años ochenta. Así el colega comenzó a hablar luego de la generación X, la llamada generación perdida, que vivió su juventud en los noventa, para compararla con la nuestra, que vivió mejor dicho su temprana infancia en los noventa. "Viéndolo de forma melómana compadre, seríamos como la generación que vivió de chico el paso del grunge al britpop, del desencanto a una nueva alegría. Jugábamos al Super Nintendo, teníamos Atari pero aún no teníamos Internet en la casa. Se podría decir que somos la "transición" entre la X y los cabros actuales, que serían la Z. Nosotros seríamos la Y". El colega subrayaba la palabra transición admitiendo la indirecta alusión política. La de la famosa transición a la democracia. La alegría por venir vuelto el slogan publicitario de nuestra idiosincracia y, en parte, de nuestra mentalidad. "Pero viejo, quiénes serían los millenials ¿ellos o nosotros?". le repetía de ese modo al colega aún sin poder hacer el distingo definitivo. El director entró súbitamente, y sin mayor preámbulo agregaba que los millenials éramos nosotros, incluyéndolo. "Nuestros alumnos son la generación Z, ya la busqué por internet. Nacidos a fines de los noventa y principios del dos mil. Entiendan que nosotros adoptamos la tecnología. Ellos se criaron en ella". Silencio repentino. El colega de inglés seguía pensando, cavilando aquella analogía musical. Por mi parte, la pregunta sobre la generación aún insistía. La paráfrasis a Bane en El caballero de la noche asciende era buena, pero no lo suficiente. La duda generacional no quería ser resuelta, sobre todo al leer que un tal Neil Howe, en su libro sobre el ascenso de los Millenials, consideraba que la línea divisoria entre estos y la generación Z era solamente tentativa. Pues con estas cavilaciones sin resolver se cerraba la discusión. El timbre no paraba de sonar, anunciando que este trío de profesores milénicos debía sí o sí volver a la realidad de la sala de clases, ese amasijo generacional todavía sin un horizonte ni una cancha completamente definida. Puede que sea finalmente aquella indefinición generalizada la virtud o la maldición de nuestras luminarias, su placebo existencial o su piedra en el zapato.

Copiar

-Profe, pero si hasta los parlamentarios copian y a ellos no les dicen nada. ¿De pronto somos menos cosa que ellos?
-No se trata de eso. Es solo que no sea como los parlamentarios. No siga su ejemplo. Sea más honesto, y diga que no sabe nada. Así de simple. 
-Entonces, si estamos con esa ¿de dónde saca usted material para las guías y las actividades?
-....
-De internet, pues. Pero se edita para hacerlo más ameno.

De pronto la clase misma se volvía una discusión meta metodológica, un ejercicio de sinceramiento y de revelación entre quién copiaba y se hacía el leso y quién tenía las agallas suficientes para confesarlo.

Godard decía respecto al cine: “No se trata de donde sacas las cosas, se trata de hacia donde las llevas”. Aplicaría también esa declaración a la propia pedagogía.
"Cabros de mierda". La mirada del joven misionero tomado por cura rojo vendría siendo la misma mirada de la cámara capturando la memoria histórica. Ojo creyente, ojo testigo. Su fe -en la película- se expresaba más a través de la lente de la cámara que a través de la propia palabra. Y la mirada de la chica pobladora, tomada por comunista y terrorista, vendría siendo la propia mirada cruda, desnuda, sin otro filtro que su deseo y su realidad, la misma que tentaba al misionero para abandonarse al placer y a la vez desafiaba el horror de la persecución de cara a la muerte. Un decente Daniel Contesse en el papel del "cura rojo". Una estupenda Nathalia Aragonese en el rol de la Francesita.

9/20/2017

Es algo desconcertante señalar en qué medida el estado de alerta, el desastre en toda su definición resulta lo único que, paradójicamente, une, integra, quizá no por un profundo redescubrimiento de una bondad escondida sino que por el reconocimiento de que el dolor del otro es también un dolor propio en potencia, y así el miedo del otro tiene que pasar sí o sí por el cedazo de la conciencia, y verse amplificado hacia el mundo completo de inmediato en cuestión de segundos. Al terremoto del México le seguía luego un nuevo terremoto en Japón. "El cinturón de fuego no perdona", se le oía decir a un reportero, no sé en qué radio. Los medios locales no escatimaron en recursos. Bastaron los videos y las imágenes del hecho para generar un shock preciso y conciso, un espacio virtual psicológico en tiempo real. La era Internet propicia el milagro de la aldea global, pero a la vez acarrea consigo sus ingentes maldiciones, el impacto directo del desastre en todo su desparpajo. Se puede hoy digerir el desastre a través de múltiples relatos, pero al ser leído al instante, el coste psíquico acaba siendo mucho mayor. La información alcanza la velocidad del desastre pero la reflexión llega a él siempre a posteriori, resintiendo así las réplicas de su existencia. Como hubiera dicho Maurice Blanchot, el desastre no alcanza nunca a "escribirse del todo", pero en su insistencia algo debiera quedar: un gesto, aunque fuese de indiferencia, la desolación o un significado, por mínimo que fuese.