11/23/2017

Departamento completamente vacío. Lo único que se escucha es el sonido del agua calentándose en el hervidor eléctrico, y a lo lejos, una música que viene retumbando desde la Iglesia de los santos de los últimos días. Una música secularmente festiva. Una impía bachata que viene a desentonar con la sagrada tranquilidad de la noche.

11/22/2017

Cuando presto libros y constato que ya no hay garantía de devolución, resulta que siempre los doy por perdidos, aunque sin recriminar al depositario del préstamo. Digamos que lo dejo a su conciencia, pero esa conciencia es justamente un placebo, un juego mental, que resguarda alguna clase de orgullo ante el hecho de solicitar lo prestado. Entonces viene la siguiente excusa: de que al menos los libros hayan sido leídos, cuestión que tampoco tiene garantía alguna, y acaba siendo, a fin de cuentas, un motivo autocomplaciente. Así se recurre a suplir la pérdida, el vacío que dejó ese préstamo sin devolución, con la compra de una mucha mejor edición del libro prestado. Tal es el caso, por ejemplo, de El príncipe de Maquiavelo, del cual poseo ahora la ansiada edición con notas y comentarios de Napoleón Bonaparte; Y además el caso de El Lobo estepario de Hermann Hesse, del cual, a su vez, tengo una edición de bolsillo de Alianza Editorial, íntegra y con portada icónica de Daniel Gil. Ley de las compensaciones. Fetiche del libro ausente. O bien manía del control, del control sobre el espacio del librero, vacío, cubierto de materia lectora. Pero ocurre que en ese librero se puede encontrar también un libro que alguien me ha prestado y no he devuelto, aun habiéndolo leído previamente. Se trata de una edición vieja del Abaddón de Sábato, editorial Planeta de Agostini, pero en perfecto estado. El dueño del libro era un amigo que no veo hace rato, merced al tiempo de la supuesta lectura y posterior entrega de la novela. El contacto se fue perdiendo de tal forma que el contrato implícito del préstamo se iba diluyendo más y más. Hasta llegar un punto en que ya nadie se daba por aludido. Ni el amigo, que nunca reclamó lo suyo, aplicando también la táctica de la conciencia, ni uno mismo, haciéndose el desentendido y recurriendo a la postergación infinita como forma de aplacar aquella conciencia sobre el libro ajeno. De manera que el Abaddón actual solo me pertenece provisoriamente, viniendo de su primer lector -el compadre que lo prestó- por un motivo circunstancial, y siendo en el fondo solo propiedad de un intercambio improbable. Un limbo de su lectura hipotética. La frase del libro que expresaría mejor esta situación no sería otra que "El infierno está aquí". Debería haber entonces un purgatorio para los libros prestados.Principio del formulario

11/21/2017

Otra pesadilla pre vacacional. Estaba en una gran casona derruida, con relieves similares a los de la dimensión oscura de Silent Hill. Ciertos contornos se iban haciendo trizas. Parecían demasiado quemados o, por el contrario, demasiado húmedos, tal como el de ciertas casonas patrimoniales de Av Alemania. El asunto era que me hallaba ahí. Al fondo de cierto pasaje se iba dibujando un vacío indescriptible. Era porque la casona no tenía fondo. Tampoco había afuera del espacio, ni afuera del sueño. Al llegar hasta al fin del pasaje sonaba música festiva. Se dejaba ver un cierto ambiente copioso que no conseguía penetrar. Pero la fiesta era evidente por el llamado inconsciente de cierto ex compañero. Una voz mental o una conversación mental retumbaban en la sien invitándome a entrar en esa fiesta impenetrable. Luego, una voz femenina, al parecer entrañable, me impelía a recular. Entre esos dos susurros molestos como conciencia bipartita se debatía el camino hacia la nada o hacia el todo del sueño. Hasta que se abría de vuelta al inicio una suerte de portal a lo Stranger Things. El portal podía ir hacia la fiesta o bien hacia el exterior de ese lugar. Salía expelido de ahí, sin mediar camino ni pensamiento. Los contornos seguían cayéndose a pedazos, como las propias voces. La música a lo lejos seguía festiva, pero confusa. Me veía ansioso por encontrar una respuesta, por acabar dentro o por salir hacia cualquier parte. Hasta que la cuestión acaba, y me encuentra con la radio encendida en una estación sin señal y la cortina sobre la cabeza, a punto de caerse encima, junto con el polvo de madera dejado ahí por las termitas. Un pequeño hoyo negro se iba formando en el techo, justo arriba de la almohada.

11/20/2017

Manson: El culto del amor y el terror.



La figura de Manson ha calado hondo no tanto por su contenido rayano en la demencia más delirante como por su forma. La masacre brutal contra Sharon Tate, en ese entonces embarazada de Roman Polanski, pintó de negro el imaginario de la cultura popular yanqui, poseída por la revolución de las flores. Era el abrupto nacimiento de un ícono pop, pero de colores opacos. Ante el hecho de sangre salieron a la palestra varias teorías sobre el por qué de semejante crimen. Una tenía que ver con la obsesión musical de Manson, sumada a la creación de su secta La Familia. Se dice que su carácter mesiánico, potenciado luego por el uso de alucinógenos, se debió a su fanatismo por Los Beatles, de los cuales tomó Helter Skelter para su interpretación patológica del apocalipsis, atribuyéndose incluso el denominativo de anticristo. El término Helter Skelter sería traducido como "Descontrol" o "Desorden".

Otra teoría dice relación con el rumor de que Manson instigaba una suerte de "guerra racial". Habría ordenado a sus acólitos cometer el crimen para enseñar a los afroamericanos cómo empezar su guerra ideológica, en un contexto social particularmente susceptible. Esa teoría se vería anclada directamente con Roman Polanski, por el hecho de ser un representante de Hollywood. De ese modo, Manson habría sumado a su creencia, aparte del motivo musical del Helter Skelter, el motivo racial, junto con el cinematográfico, en su relación con la película La semilla del diablo, a partir de la cual habría tomado el autodenominado nombre de Satán. (De hecho, hasta aparecieron ciertos demonólogos en esa época que no vacilaron en vincular el motivo de la masacre con la sátira sobre los pálidos chupasangres expuesta en el filme La danza de los vampiros).

Hay, sin embargo, una investigación que desmiente estas teorías como los verdaderos móviles de los asesinatos. Esa investigación asocia el auténtico blanco no a Tate ni a Polanski ni a su grupo social, sino que a Jay Sebring, un cotizado peluquero que poseía salones en San Francisco, New York y Londres, y que, por ese entonces, frecuentaba el hogar de los Polanski. El punto clave de la investigación sería Melody Patterson, una actriz de tv norteamericana, quien era amiga de los Polanski, y además, por si fuera poco, convivía con el grupo de Manson. Según ella misma confesaba, la cruzada de Manson habría sido en realidad una expedición punitiva, para castigar los crímenes sexuales de Jay, en los cuales dos de las integrantes de La Familia habrían estado involucradas. Bestia contra Bestia. Sangre y rebaño. Como sea, la figura de Manson iba cobrando un misticismo oscuro, por un lado, y además un enigma policial, por otro, digno de una verdadera novela negra psicodélica. Manson no sería otra cosa que su personaje macabro. Perseguidor o perseguido.

Una vez enjuiciado y condenado, la fama de Manson no solo se disparó, sino que se volvió un verdadero fenómeno masivo. Y ese fenómeno tiene que ver precisamente con su obsesión musical. En particular, con la influencia que significó para ciertas figuras del rock. Ese imaginario no tanto del mal (concepto moral y periodístico) como de la rebeldía, el desvío de la norma. En 1970, por ejemplo, Manson habría publicado el álbum Lie: The Love & Terror Cult, para financiar su defensa por los asesinatos. Una de las canciones de ese álbum, Lie, ya habría sido grabada por los Beach Boys. Dennis Wilson, en este sentido, habría tenido un vínculo directo con el líder de "La Familia". Posteriormente, Axl Rose declaró, luego de publicar con los Guns su álbum Lies, que se había inspirado en el primer disco de Manson, Lie, y que usaba una polera con su rostro en los conciertos, no porque estuviese de acuerdo con su reputación, (tratando de ponerse el parche antes de la herida) sino que simplemente porque era un adepto a su música. Sin ir más lejos, el propio Marilyn Manson, al momento de crear su nombre, pensó en la oposición del bien y el mal, o, mejor dicho, de lo puro y lo impuro, simbolizado respectivamente por Marilyn Monroe y por el mismísimo Charles Manson. Así hay una cierta inclinación en el rock por hacer del mal o de la desviación una estética. Hay también una cierta inclinación en la cultura yanqui por hurgar en su propio mal y en su propia desviación, e insistir en ella como un placer culpable, un tabú, una fuerza desconocida, subterránea. Y es en ese momento que, el propio rostro de su cultura, encuentra en lo abyecto una identidad velada a la norma. Como cantaba el propio Manson en un tema de su disco Lie: "Mírame con desprecio y verás a un imbécil. Mírame con admiración y verás a tu dios. Mírame con atención y te verás a ti mismo".

11/19/2017

Me contaron que en el Arturo Edwards, frente al Eduardo de la Barra, un grupo de sujetos disfrazados de zombie irrumpían en la larga fila de los votantes, provocando algunos desórdenes menores tales como destruir televisores viejos o quemar papeles simulando papeletas de votación. Al darse cuenta del bullicio y el ánimo estupefacto de la gente en la fila, algunos marinos del Arturo Edwards salieron a ver qué era lo que pasaba. En ese momento, se dejaba ver a uno de los zombies con una pancarta grande que decía "voto, luego existo", mientras caminaba con el resto de sus compañeros abriéndose paso hacia el colegio de sufragio. Lejos de escandalizarse, contaron que uno de los marinos comenzó a reírse diciendo que se trataba solo de una acción de arte. Temían en el fondo alguna clase de disturbio violento o alguna mocha entre los votantes hechos un atado de nervios. Pero se trataba nada más que de una chiquillada inofensiva. Nada más que un grupo de zombies apócrifos, realizando una analogía entre el hecho político de votar y el hecho inmanente de existir. Una vez que los zombies se devolvían a la calle, satisfechos de su jugarreta, los marinos regresaban tranquilamente al colegio, al mismo tiempo que las filas de votantes se iban diluyendo poco a poco, despejando al resto del universo eleccionario. Así ejercían en el acto su propia libertad performática, simulando una vida cívica, auspiciada por la fiesta de la democracia.